¡El old money es cosplay!

Napoleón entendió antes que nadie que la ropa nunca es solo ropa. Frédéric Godart cuenta que, en un gesto calculado, Bonaparte se vestía con los uniformes sencillos de sus soldados y, al mismo tiempo, con las insignias de un emperador. Ese contraste le permitía proyectar cercanía y autoridad a la vez. No era moda: era poder.

Como un guiño paralelo, en esa misma época Antonin Carême, considerado el primer gran chef, comenzó a usar el uniforme blanco en la cocina. La palabra chef significa ‘jefe’ en francés, y ese atuendo se convirtió en un símbolo de orden y jerarquía dentro de un espacio que hasta entonces era invisible. Lo que parecía un simple uniforme era, en realidad, otra forma de poder simbólico.

Dos siglos después, seguimos jugando ese mismo juego. Solo que ahora lo llamamos old money aesthetic en TikTok, lo disfrazamos de lifestyle en Instagram y lo consumimos como si el estilo pudiera transferirnos, por ósmosis, la influencia de una élite a la que no pertenecemos.

En TikTok circula una frase provocadora: “el old money es cosplay”. No es mía, pero sirve como punto de partida para entender cómo la moda no solo cubre el cuerpo, sino que actúa como pertenencia.

Judith Butler lo explicaría como performance: vestirse es interpretar un papel frente a una audiencia social. Cada blazer, pañuelo o polo dentro de esta estética funciona como un guion que imita la pertenencia a una élite.

Susan Sontag ya lo advertía: el estilo nunca es superficial, siempre es político. Un guardarropa es un manifiesto silencioso de qué lugar ocupamos —o queremos ocupar— en el mundo.

Y es Pierre Bourdieu quien nos da la lupa más precisa. Para él, las élites se sostienen gracias al capital simbólico (apellidos, educación, redes, rituales de pertenencia), no solo con objetos visibles. Los gestos de distinción funcionan porque son difíciles de imitar. Y cuando alguien logra imitarlos, las élites desplazan la señal: si el pañuelo ya está al alcance de todos, entonces lo importante pasa a ser dónde estudiaste, tu círculo o tu apellido.

En resumen: el old money aesthetic puede copiar el uniforme, pero no logra replicar el habitus, ese conjunto de disposiciones y maneras de estar en el mundo que se heredan y se viven, no se compran en Zara ni en Ralph Lauren.

Basta abrir Pinterest o deslizar en TikTok para ver la puesta en escena: chalecos tejidos, blazers camel, tenis blancos impecables, campus Ivy League como fondo de pantalla. Todo encuadrado en una estética aspiracional que promete lo mismo que Napoleón y Carême lograban con sus uniformes: proyectar un lugar de poder.

El fenómeno no está en la ropa en sí —una tela o un blazer no dicen nada por sí solos— sino en la narrativa que construimos alrededor. Es el gesto de tomarse un café en porcelana fina, de posar frente a un portón georgiano, de simular un apellido con historia aunque lo único que tengamos sea un filtro vintage.

Y lo mismo ocurre en nuestra propia geografía. En los años 2000, las zonas más exclusivas del país copiaban el estilo de rancho español: tejas, arcos, columnas robustas que evocaban haciendas y linajes. Dos décadas después, ese símbolo de élite ya no funciona igual. Hoy, lo aspiracional se mudó a los apartamentos minimalistas, al look “Brickell condo” de vidrio y acero. El capital simbólico también se renueva: lo que antes significaba “estatus” ahora se ve caduco, y la distinción migra hacia nuevas formas más difíciles de imitar.

El sociólogo Frédéric Godart recuerda que la moda no es un capricho frívolo: es un campo de poder con reglas propias. Los símbolos estéticos funcionan como una especie de “moneda” que las élites usan para marcar distancias y mover fronteras. Lo que hoy es aspiracional, mañana deja de serlo en cuanto se vuelve accesible. Por eso las señales se desplazan continuamente: de los ranchos españoles a los apartamentos minimalistas, de las perlas clásicas a las piezas discretas de diseñador, de la foto en el club de golf a la escapada a un destino que pocos pueden costear.

Víctor Gordoa, desde el terreno de la imagen pública, lo plantea en términos de estrategia: vestirse nunca es solo verse bien, sino proyectar poder. La ropa, los gestos y los escenarios son herramientas de comunicación no verbal que transmiten jerarquía, confianza y pertenencia. Lo entendió Napoleón con sus uniformes, lo institucionalizó Carême con el blanco del chef, y lo replicamos hoy en cada outfit cuidadosamente curado para Instagram.

La gran pregunta es: ¿por qué buscamos validación en este tipo de poder? ¿Por qué, aun sabiendo que el saco polo o el pañuelo no bastan, insistimos en ponernos el disfraz?

Judith Butler nos recuerda que toda identidad es una performance. No es que “seamos” algo esencial, sino que repetimos actos, gestos y estilos que, con el tiempo, parecen naturales. El old money aesthetic es solo una versión actualizada de ese guion: un escenario digital donde ensayamos pertenencia a un club al que nunca fuimos invitados.

El problema es que esta performance se cruza con el narcisismo digital de nuestra época. Zygmunt Bauman lo llamaba “modernidad líquida”: identidades frágiles que necesitan reafirmarse constantemente. Jean Twenge lo estudió como la “cultura del yo”: una generación entera midiendo su valor en likes, followers y validación externa. En ese contexto, la moda deja de ser solo estilo para convertirse en una especie de código QR social: un atajo para decir “mírame, pertenezco, valgo”.

Pero aquí es donde conviene pausar. Bourdieu nos enseñó que el capital simbólico más valioso es siempre el más difícil de falsificar: credibilidad, coherencia, reputación, legado. Puedes comprar el blazer, pero no el habitus. Puedes posar en un “Brickell condo”, pero no fabricar de la nada la red de capital social que hace que tu nombre abra puertas.

Y entonces la pregunta cambia de dirección: ¿qué otros tipos de poder tenemos, además del estético? Poder creativo, poder relacional, poder de influencia en nuestras comunidades, poder espiritual o intelectual. Quizá el verdadero reto no sea replicar el uniforme de otro, sino reconocer qué capital propio ya tenemos y cómo hacerlo crecer.

En última instancia, la moda sí importa, pero como metáfora: nos recuerda que siempre estamos “vistiendo” algo frente a los demás. La clave no es negar ese performance, sino preguntarnos: ¿desde qué guion lo estamos haciendo? ¿Desde la imitación y la ansiedad de pertenecer, o desde la autenticidad y la construcción de un poder difícil de falsificar?

Ese es el terreno donde se juega la diferencia entre el cosplay del poder y el poder real.

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