El primer brief: lo que tu imagen comunica antes de hablar
El jueves pasado tuve la oportunidad de dar una charla en la Universidad Don Bosco; fue un momento feliz. No solo por la charla en sí, sino por lo que representa volver. Hay lugares que no solo te forman, te construyen. En mi caso, tengo varios: universidades donde estudié, otras donde hoy enseño, espacios donde fui alumna, luego colega, luego profe. Y si lo pienso bien (sin falsa modestia) es un privilegio raro tener cuatro lugares en el mundo al que puedo llamar “alma mater”. Ese día se conectaron estudiantes que están por graduarse, algunos exalumnos y también profesores que alguna vez estuvieron del otro lado, enseñándome a mí. Y entre todo eso, hubo una conversación que me interesa más que cualquier otra cosa que dije: la relación entre talento, imagen y empleabilidad.
En la industria creativa hay una idea que se repite como mantra: “si eres bueno, tu trabajo hablará por ti”. Suena bien, es romántico, pero es incompleto. La realidad es otra. Antes de que expliques una idea, antes de que abras tu portafolio, antes de que digas una sola palabra, ya existe una percepción. Y esa percepción influye en decisiones. No es un tema superficial, es estructural. Hay suficiente evidencia para entender que las personas no solo evalúan capacidades, sino que evalúan señales: señales que asocian con competencia, claridad, criterio, confianza. A eso se le llama capital simbólico.
En diseño entendemos perfectamente que una marca vale más que su producto, que hay algo intangible que la hace deseable. Las personas no somos la excepción. También comunicamos valor antes de demostrarlo. El problema es que durante años se romantizó una figura que no siempre funciona en el mundo real: el creativo caótico, el genio incomprendido, el que “no necesita explicarse”. Pero la industria no contrata caos, contrata claridad. No necesitas verte corporativo, necesitas verte intencional. Porque el talento, por sí solo, no siempre es visible. Y lo que no se entiende, no se elige.
No se trata de ser “bonito”. Se trata de ser legible. De entender que tu imagen (en el sentido más amplio) es un sistema de señales: cómo te presentas, cómo estructuras tu trabajo, cómo hablas de lo que haces, cómo alineas tu estética con tu pensamiento. Ese día en la charla no se trataba de enseñar a “verse mejor”, se trataba de algo más incómodo, pero más honesto: entender que la empleabilidad creativa no depende solo de lo que sabes hacer, sino de qué tan claro logras comunicarlo.
Si algo me quedó de ese día, no fue la presentación, fue la sensación de estar en un espacio donde todo se cruza: pasado, presente, aprendizaje, trabajo. Y la certeza de que, si alguien necesita escucharlo, vale la pena repetirlo: tu talento abre la puerta, pero tu imagen decide cuánto tiempo te escucharán.
Puedes descargar la presentación completa de ese día aquí.