Love Letter: a los que orientan el mundo
A quienes insisten en pensar cuando el mundo solo quiere optimizar.
A quienes estudian símbolos cuando otros piden métricas.
A quienes entienden que la legitimidad no se imprime: se construye.
A quienes trabajan en lo invisible.
Porque cada cierto tiempo reaparece la misma conversación: “Las humanidades están en crisis”.”Traducción libre: no generan dinero inmediato, no curan enfermedades, no construyen puentes. Y sin embargo, curiosamente, ningún puente se construye sin una historia que lo legitime.
Lo dicen con el mismo tono con el que se habla de una industria que ya no es rentable. Como si estudiar una carrera en humanidades, en cultura, símbolos o estética fuera una inclinación simpática pero prescindible, una opción para quien “no era tan bueno en matemáticas”. Un lujo intelectual en tiempos de urgencia técnica. Y sin embargo, algo no termina de cuadrar.
Si cultura y significado fueran irrelevantes, la política no invertiría millones en narrativa. Las guerras no necesitarían propaganda. Las marcas no construirían universos simbólicos para vender objetos que, en el fondo, cumplen la misma función que otros. Curioso para algo “etéreo”.
El poder más estable del mundo no es el átomo. Es el significado. El átomo destruye ciudades. El significado reorganiza civilizaciones. Y las civilizaciones no se sostienen con explosiones. Se sostienen con relatos. Tal vez el problema nunca fue la relevancia de las humanidades. Tal vez fue nuestra obsesión por lo inmediato. Porque lo científico–técnico se mide. Lo económico se contabiliza. Pero lo cultural se filtra. Y lo que se filtra no siempre hace ruido.
El mundo hiper-tecnificado está redescubriendo algo incómodo: sin significado no hay dirección.
Durante años nos dijeron que las humanidades eran un lujo. Un adorno elegante para tiempos de abundancia económica. Mientras tanto, los presupuestos se iban a ingeniería, tecnología, eficiencia, productividad. Porque lo medible tranquiliza. Lo visible da sensación de control. Si algo puede cuantificarse, parece más real. Si algo puede optimizarse, parece más urgente. Y así fuimos organizando el prestigio.
Celebramos el impacto científico–técnico: el que cura, construye, acelera. Celebramos el impacto económico–material: el que escala, factura, levanta infraestructura.Y está bien. Ambos son necesarios. Ambos sostienen lo tangible. Pero hay un tercer tipo de impacto que rara vez recibe aplausos inmediatos. No porque sea menor. Sino porque es más lento. Es el impacto cultural–simbólico.
El que no produce resultados trimestrales. El que no aparece en gráficos ascendentes. El que no inaugura edificios. Es el que reorganiza la manera en que entendemos autoridad. El que redefine qué consideramos legítimo. El que transforma lo que una sociedad percibe como posible. No explota. Se filtra. Y cuando se filtra lo suficiente, cambia el terreno donde operan la ciencia y la economía. La tecnología puede avanzar sin preguntarse demasiado hacia dónde va. La economía puede crecer sin preguntarse para qué. Pero tarde o temprano, ambas necesitan dirección. Y la dirección nunca ha sido técnica. Siempre ha sido simbólica.
La legitimidad nunca ha sido un fenómeno puramente técnico. Ninguna institución se sostiene solo porque funciona; se sostiene porque es percibida como válida. Y la percepción no es un dato neutro, es una construcción simbólica. Un título no es solo papel, es narrativa condensada. Un uniforme no es solo tela, es jerarquía visible. Un acento no es solo sonido, es posición social codificada. La autoridad siempre se comunica antes de ejercerse. Por eso el capital simbólico no es accesorio, es infraestructura invisible. Las sociedades no obedecen únicamente por coerción o eficiencia, obedecen porque algo parece legítimo, porque algo “tiene sentido”. Y el sentido no se fabrica en laboratorios; se construye culturalmente.
En Latinoamérica, esto no es teoría abstracta ni discusión de sobremesa académica. Es supervivencia cotidiana. Aquí la legitimidad no está garantizada: se disputa. Se disputa en el lenguaje, en el tono, en la estética, en el sello institucional, en el “cómo se ve” tanto como en el “qué se hace”. Una política pública puede ser técnicamente impecable y, aun así, fracasar si no logra construir legitimidad simbólica. Un emprendimiento puede tener un producto sólido, pero si no logra autoridad cultural, no escala. Un proyecto creativo puede tener talento real, pero si no entiende las jerarquías simbólicas que lo rodean, queda invisible. En contextos donde la confianza institucional es frágil y la historia pesa, el significado no es lujo: es moneda. Aquí no basta con funcionar; hay que parecer legítimo. Y parecer legítimo no es superficialidad. Es estructura cultural.
Lo que muchas veces reducimos a “branding”, “narrativa” o “estética” no es maquillaje. Es arquitectura de percepción. Y en una región marcada por desigualdad histórica, herencias coloniales y jerarquías importadas, la batalla por el significado es también una batalla por dignidad. No se trata solo de vender mejor o comunicar más bonito; se trata de quién tiene derecho a ser tomado en serio.
Una transformación cultural no ocurre en una legislatura ni en un trimestre fiscal. Se filtra durante décadas. Cambia el lenguaje primero, luego la percepción, después las decisiones. Casi nadie nota el momento exacto en que ocurrió el giro; solo años después entendemos que ya no pensamos igual. Marshall McLuhan no curó el cáncer, pero cambió para siempre la forma en que entendemos los medios y, con ello, la forma en que entendemos el poder. Pierre Bourdieu no construyó reactores, pero redefinió el capital simbólico y nos dio un lenguaje para nombrar las jerarquías invisibles que organizan la vida social. Susan Sontag no inventó la energía nuclear, pero transformó la manera en que miramos las imágenes, y al hacerlo, transformó también nuestra relación con el dolor, la guerra y la representación.
Hannah Arendt no diseñó sistemas políticos, pero nos obligó a pensar el poder y la banalidad del mal con una profundidad que todavía estructura debates contemporáneos. Michel Foucault no dirigió ministerios de salud, pero alteró la manera en que entendemos la relación entre conocimiento y control. Judith Butler no legisló sobre identidad, pero cambió el marco conceptual desde el cual hoy se discuten género y performatividad en tribunales, universidades y medios.
Eso no es etéreo. Es estructura invisible. Es el tipo de influencia que no inaugura edificios, pero redefine las preguntas que se hacen dentro de ellos. No produce titulares inmediatos, pero reordena el campo donde la política, la ciencia y la economía operan. La transformación cultural rara vez es espectacular; es persistente. Y cuando finalmente se vuelve visible, ya lleva años trabajando en silencio.
En los campos simbólicos, la validación casi nunca es inmediata. No hay métricas que se actualicen en tiempo real. No hay rankings que confirmen, semana a semana, que lo que estás pensando importa. En estos territorios, la validación es retrospectiva. Primero, alguien construye un marco, insiste en una pregunta, sostiene una incomodidad. Luego, años más tarde, el mundo entiende. Sí entiende…
Esa temporalidad desconcierta. Porque vivimos entrenados para la inmediatez: impacto visible, resultados medibles, reconocimiento tangible. Cuando trabajas con significado, en cambio, operas en una zona donde el efecto es acumulativo. No siempre sabes cuándo algo está germinando. Solo sabes que estás construyendo. Y ahí es donde muchos dudan. Porque no hay aplauso instantáneo. No hay medalla. No hay manual de carrera. Pero la ausencia de carretera no implica ausencia de territorio.
Reclamar el espacio de la cultura, del análisis simbólico, de la estética como forma de poder, no es romanticismo. Es reconocer que el significado organiza el mundo tanto como la infraestructura. Que la legitimidad no es decorativa. Que la narrativa no es accesorio. Que el capital simbólico no es humo.
Si el mundo hiper-tecnificado está redescubriendo que sin significado no hay dirección, entonces el supuesto “desprestigio” de las humanidades no era falta de relevancia. Era incomprensión de su tiempo.
Lo científico acelera.
Lo económico escala.
Lo simbólico orienta.
Y orientar nunca ha sido un lujo.
En estos campos, primero se construye.
Después se entiende.
Y aun así, vale la pena.